Editorial — Boletín N.° 2

Boletín No. 02 — La Comuna Roja

Editorial — Boletín N.° 2

El mundo arde. No es metáfora.

El mundo arde. No es metáfora. Es el nombre exacto de lo que ocurre cuando un imperio en descomposición decide que el orden que impuso a sangre y fuego ya no puede sostenerse con los mismos instrumentos y ensaya otros más brutales, más descarnados, y más urgentes.

Lo que durante décadas se administró con el lenguaje de la democracia liberal, los tratados de libre comercio y las instituciones multilaterales hoy se gestiona con aranceles punitivos, deportaciones masivas, amenazas de anexión territorial y el cinismo erigido en doctrina de Estado.

Mientras tanto, en Gaza y Medio Oriente, el exterminio continúa. En Europa, los partidos herederos del fascismo gobiernan o cogobiernan. En América Latina, figuras como Milei, Bukele, Noboa o Kast no son accidentes de la historia, sino que una respuesta funcional de la clase dominante ante una crisis que no saben resolver de otra manera.

Frente a ese cuadro, ¿qué hace la izquierda? Lo que ha hecho demasiadas veces: esperar y moderar el tono; buscar el centro que se corre permanentemente hacia la derecha; hablar de gobernabilidad cuando el problema es quién realmente gobierna y condenar los extremismos como si la violencia del orden y la resistencia ante ella fueran equivalentes morales.

Este segundo número de La Comuna Roja nace en ese contexto, pero también en el de una tradición que no ha muerto. La portada de este boletín rinde homenaje visual a la estética del OSPAAAL, fundada en La Habana en 1966 en el fragor de la Tricontinental. Esos afiches que recorrieron el mundo en varios idiomas fueron armas que comunicaban con precisión y belleza que la lucha de Vietnam era la lucha de Cuba, que la lucha de Angola era la lucha de Chile, que la liberación es indivisible o no es nada.

Recuperar esa estética no es nostalgia sino una afirmación política de que los pueblos en lucha siguen teniendo más en común entre sí que con la clase que los gobierna. El internacionalismo no es un adorno retórico de otro siglo. Es la única respuesta a la altura de un capitalismo que sí opera globalmente, que sí coordina sus ofensivas, que sí comparte sus recetas de ajuste, represión y despojo de un continente a otro.

El mundo se reorganiza. Las derechas lo saben y actúan en consecuencia. La pregunta es si quienes se oponen a ese orden están dispuestos a estar a la altura del momento. No basta con tener razón. Hay que saber organizarla.

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